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LaguNotas Mentales: Crónica Potosina #5.(Turtle’s Pizza)

LaguNotas Mentales: Crónica Potosina #5.(Turtle’s Pizza)

Por Daniel Tristán/Kriptón.mx

 Lejos quedaron aquellos años en los que la diversión no vivía dentro de un aparato que cabía en el bolsillo. Vivía afuera. En la calle. En la banqueta. En la esquina donde el trompo golpeaba el suelo con una precisión casi mística, donde las canicas definían jerarquías sociales, donde el yoyo no era nostalgia sino tecnología de punta. Éramos niños de tierra en los tenis, de rodillas raspadas, de horarios impuestos por el grito materno que atravesaba la cuadra anunciando que ya era hora de entrar.

Pero también fuimos la generación bisagra. Nos tocó el último coletazo de lo analógico y el primer latido de lo digital. Y en San Luis Potosí, ese cruce de mundos tuvo un templo específico: el cuarto de arcade de Turtle’s Pizza.

Ubicado en el número 1205 de la calle Alfredo M. Terrazas, el restaurante convirtió a su planta alta en un sitio de culto para los que fuimos niños en la década de los 90’s. No era grande. No era lujoso. No tenía luces espectaculares ni promesas de innovación. Tenía algo mucho más poderoso: maquinitas alineadas como tótems, pantallas CRT vibrando con colores imposibles y un sonido constante de botones golpeados con furia infantil. Ese cuarto no era un complemento del restaurante. Era el verdadero destino. La pizza era la coartada adulta para llevarnos ahí.

Entrar al cuarto de maquinitas era cruzar una frontera. La luz bajaba, el ruido subía, y de pronto el mundo se regía por otras leyes. Ahí importaba quién dominaba a Ryu, quién sabía hacer el combo exacto, quién resistía más tiempo con una sola moneda. No había guardado automático ni segundas oportunidades. Cada crédito era una lección de economía básica: gastar mal significaba perder rápido. Administrar bien era sobrevivir.

Éramos niños aprendiendo sin saberlo. Aprendíamos a esperar turno, a mirar por encima del hombro del que jugaba, a pedir “la reta”, a aceptar la derrota con los labios apretados o la victoria con una sonrisa que duraba lo que tardaba el siguiente en decir “voy yo”. El prestigio no se medía en seguidores sino en testigos. Si llegabas lejos, alguien lo veía. Y eso bastaba.

Ese cuarto de arcade condensaba algo que hoy parece ciencia ficción: convivencia obligatoria. No jugabas solo. Jugabas rodeado. El juego era social por diseño. No había audífonos que aislaran, ni pantallas personales que encapsularan la experiencia. El grito, la burla ligera, el consejo no pedido, el aplauso espontáneo, todo formaba parte del mismo sistema. La experiencia era colectiva o no era.

Y al salir, regresábamos a la calle. A los tazos intercambiados con la misma seriedad con la que hoy se habla de criptomonedas. A los hielocos que teñían la lengua de colores antinaturales. A los juguetes que no necesitaban batería ni actualización. Luego, poco a poco, llegaron el Nintendo, los primeros videojuegos en casa, el internet que hacía ruidos extraños antes de funcionar. No fue un reemplazo inmediato, fue una transición lenta, casi amable. Crecimos junto con la tecnología, no debajo de ella.

Por eso somos una generación privilegiada. No porque todo haya sido mejor (la nostalgia también miente algunas veces) sino porque conocimos ambos mundos. Sabemos lo que es aburrirse sin pantalla y también emocionarse frente a una. Sabemos lo que es esperar y lo que es descargar. Lo que es tocar y lo que es deslizar. Fuimos niños analógicos con futuro digital.

Hoy, cuando todo el entretenimiento cabe en un dispositivo y el silencio es interrumpido solo por notificaciones, aquel cuarto de arcade en Turtle’s Pizza parece un recuerdo menor, casi anecdótico. Pero no lo es. Fue una escuela informal de convivencia, competencia, frustración y comunidad. Un espacio donde el tiempo se medía en monedas y no en megabytes.

Tal vez por eso, cuando pensamos en los noventa, no pensamos solo en la pizza ni en los juegos. Pensamos en la sensación. En ese ruido constante. En esa luz baja. En esa certeza infantil de que, mientras hubiera una moneda más en la bolsa, el mundo todavía podía ganarse una vez más.

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