CARTAPACION: MÉXICO IMPARABLE

Por Raúl Ruiz/Kriptón.mx
La felicidad como política pública
La presidenta Sheimbaum, ha decretado un nuevo derecho humano: el derecho a la felicidad.
Y para garantizarlo, nada menos que 4,200 canchas desplegadas como ejército de cemento y tableros, listas para recibir a 4.5 millones de jóvenes que, entre batazos, rebotes y jabs, transformarán la nación.
El programa se llama México Imparable. Suena a slogan de campaña, pero se viste de política cultural: cien centros comunitarios donde se mezclan deporte, cultura y salud mental.
Una especie de gimnasio espiritual donde la juventud se convierte en fuerza comunitaria, y la energía se traduce en festivales culturales, circuitos de orquestas y clínicas deportivas para mujeres.
La narrativa oficial es clara: “Las y los jóvenes estamos transformando el país”.
El eco de esa frase retumba como consigna, como mantra, como promesa de que el balón, el violín y el uppercut son herramientas de metamorfosis social.
Pero detrás del entusiasmo, la ironía se asoma: ¿puede la felicidad institucionalizarse en canchas y festivales? ¿Se mide en kilómetros de duela, en número de violines afinados, en rounds de boxeo comunitario?
La presidenta asegura que sí.
Y en ese gesto, el deporte se convierte en política, la cultura en infraestructura, y la juventud en combustible de un proyecto que busca blindar al país contra la apatía.
México Imparable es, en el fondo, un performance nacional:
• El balón como símbolo de cohesión.
• La orquesta como metáfora de armonía social.
• El festival como ritual de pertenencia.
La felicidad, entonces, no es un estado del alma, sino un programa con presupuesto. Y quizá ahí radique la paradoja: que el derecho a la felicidad se conquiste no en la intimidad, sino en la cancha, en el escenario, en la plaza pública.
El país se transforma, sí, pero también se dramatiza.
Porque cada clínica de béisbol, cada festival cultural, cada orquesta juvenil es parte de un guión mayor: el de una nación que se proclama imparable, mientras ensaya la coreografía de su propia alegría.
