LaguNotas Mentales: Tengo una teoría
Por Daniel Tristán/Kriptón.mx
Darwin estaría decepcionado. Después de millones de años de evolución, de pasar del lomo peludo y arqueado del simio al orgulloso porte erguido del Homo sapiens, parece que la humanidad ha decidido dar un paso hacia atrás. No por culpa de una catástrofe natural ni de una selección genética adversa. No. Esta vez, nuestro verdugo se encuentra en nuestras propias manos, literalmente: el teléfono celular.
Mi estimado lector, lo invito a que haga un experimento social. Observe a su alrededor mientras se encuentra en un espacio público. Ya sea la fila del banco o el interior del transporte público. Haga un escaneo de derecha a izquierda del espacio en el que se encuentra. Haga, de ser posible, la suma total de las personas que se encuentran junto a usted en ese lugar. Luego cuente la cantidad que se encuentra con su teléfono celular en las manos y la columna encorvada para poder sumergir su rostro en la pantalla del dispositivo. El resultado le va a sorprender. Tal vez los viejos sabios no estaban en un error después de todo, tal vez Darwin, Nietzsche y Einstein se revuelcan en su tumba al ver que vamos camino al precipicio pues estamos en una peligrosa carrera de involución.
I. Darwin: la evolución en reversa, cortesía del Wi-Fi
La teoría de la evolución nos enseñó que los organismos más aptos sobreviven y se reproducen. Nos volvimos erguidos para ver más allá, para usar las manos con destreza, para comunicarnos cara a cara. ¿Y qué hemos hecho con ese precioso don? Lo hemos usado para encorvarnos de nuevo, clavando la mirada en pantallas de seis pulgadas, ignorando todo cuanto sucede a nuestro alrededor.
Irónicamente, nuestros pulgares evolucionaron para manipular herramientas con precisión. Hoy, esa herramienta es el teléfono, y nuestros pulgares sirven para deslizar TikToks a 120 por minuto. El cuello de texto, la espalda curva y la mirada perdida nos delatan. No somos la versión mejorada del simio. Somos el simio con Wi-Fi. Y lo peor es que lo aceptamos con gusto, incluso con entusiasmo.
¿Selección natural? Más bien selección artificial con data ilimitada. Darwin, si estás leyendo esto desde alguna nube evolutiva, disculpa la molestia. Estamos ocupados viendo reels de gatos.
II. Nietzsche: eterno retorno… de la joroba
Y aquí es donde entra Nietzsche, ese filósofo que parecía haberse desayunado ácido y paradojas con café. Su teoría del eterno retorno plantea que todo lo que ha ocurrido volverá a ocurrir, una y otra vez, infinitamente. En su tiempo, fue una inquietante meditación sobre la libertad y el peso de nuestras decisiones. Hoy, puede leerse como una profecía ortopédica.
¿Y si Nietzsche tenía razón? ¿Y si no estamos progresando, sino repitiendo el mismo ciclo ridículo de ascenso y caída postural? De mono encorvado a hombre erguido… y de vuelta al mono jorobado, sólo que ahora con plan de datos y dolor cervical. ¿Será que cada civilización que alcanzó cierto nivel tecnológico terminó mirando hacia abajo, con la espalda torcida y la mente desconectada de la realidad tangible?
Tal vez existieron otras “humanidades” antes que la nuestra. Tal vez también inventaron dispositivos brillantes que capturaban su atención. Tal vez se extinguieron por no mirar hacia adelante… literalmente.
III. Einstein: el tiempo no es lineal, pero la espalda sí debería serlo
Einstein nos recordó que el tiempo lineal es una ilusión. Pasado, presente y futuro coexisten, como pestañas abiertas en un navegador cósmico. Bajo esa luz, la evolución no sería un camino recto del mono al superhombre, sino un espiral, un eterno retorno… de cuello torcido.
Quizá, en el tejido del espacio-tiempo, ya hemos vivido esto antes. Ya fuimos civilizaciones jorobadas. Ya levantamos la cabeza, inventamos telescopios y luego la bajamos otra vez para ver Instagram. Y así en un loop tan elegante como estúpido.
Si el tiempo no es una flecha, sino un círculo, entonces no estamos yendo hacia ningún lado. Sólo damos vueltas. Cada vuelta, más jorobados, más desatentos, más ausentes del presente. Un día nuestros descendientes no preguntarán “¿de dónde venimos?”, sino “¿por qué miraban hacia abajo todo el tiempo?”
IV: La joroba como símbolo existencial. El Simio sonríe.
Tal vez nuestra columna vertebral no sólo sea una estructura física, sino también una metáfora de nuestra dignidad, de nuestra conciencia erguida frente al mundo. Y la estamos perdiendo. No por guerras, no por pandemias, sino por notificaciones. Por el dulce zumbido que nos dice que alguien comentó nuestra foto mientras pasamos por alto al músico callejero, al atardecer, al amigo frente a nosotros.
Vivimos una época en la que la cabeza gacha ya no es signo de respeto, sino de adicción. Lo triste no es sólo la postura, sino lo que simboliza: un mundo que prefiere la pantalla a la experiencia, la ilusión al contacto, el scroll al andar.
Estimado lector, imagine al mono de hace millones de años, observándonos desde el otro lado del tiempo. Nos ve caminar encorvados, nuestros pulgares veloces, nuestras cabezas gachas, nuestras espaldas cediendo. Sonríe. No porque le parezca divertido, sino porque sabe que el ciclo se cierra. Volvimos a él. No por necesidad, sino por elección.
Y así, en el bucle eterno de Nietzsche, en la curvatura del tiempo de Einstein, y en la ironía Darwiniana de nuestra autoinducida involución, caminamos de nuevo hacia el origen. Pero ahora con más gigas.