LaguNotas Mentales: A romper el cochinito

Por Daniel Tristán/Kriptón.mx
Hay rituales que sobreviven a todo: a las crisis económicas, a los cambios tecnológicos y hasta a la desaparición progresiva de la paciencia humana. Uno de ellos ocurre cada cuatro años cuando millones de personas vuelven a hacer exactamente lo mismo que juraron no repetir jamás: comprar un álbum Panini del Mundial convencidos de que esta vez sí lo llenarán sin arruinarse en el intento. El problema es que el Mundial de 2026 no será cualquier Mundial, y su álbum tampoco será cualquier capricho.
Será el más grande en la historia. Casi mil estampas, cuarenta y ocho selecciones, más páginas, más sobres, más brillo y, por supuesto, más dinero. Mucho más dinero. Si completar un álbum reciente ya implicaba una inversión considerable, el de 2026 amenaza con convertirse en una pequeña aventura financiera doméstica. Las matemáticas son crueles: aun en el escenario optimista (ese que supone suerte estadística y pocas repetidas) llenar el álbum podría exigir la compra de más de ciento cuarenta sobres. En la vida real, donde siempre aparecen cinco porteros suplentes de la misma selección y jamás el escudo brillante que falta, la cifra crece sin pudor.
Traducido al lenguaje cotidiano mexicano, completar el álbum podría equivaler fácilmente a varias semanas de despensa básica. El dinero destinado a perseguir estampitas podría transformarse, sin demasiado esfuerzo mental, en kilos de tortilla, litros de leche, huevos, transporte público o recibos de servicios pagados sin angustia. Mientras Estados Unidos y Canadá viven el Mundial desde economías más robustas, México llega como el anfitrión emocional pero también como el socio económicamente más frágil del trío organizador. Y sin embargo, ahí estaremos: comprando sobres.
La contradicción resulta fascinante. Un país donde millones ajustan gastos mes con mes encontrará espacio para un lujo perfectamente prescindible. Porque eso es el álbum Panini: un gasto innecesario que nadie necesita y que, aun así, todos entienden. No alimenta, no paga renta, no reduce deudas. Pero ofrece algo que comienza a escasear peligrosamente: ilusión compartida.
El verdadero valor del álbum nunca ha estado en el cartón ni en la tinta. Está en lo que provoca. En las mesas improvisadas afuera de una papelería, en los grupos de intercambio que aparecen en parques, oficinas y plazas públicas, en adultos que recuperan por unas horas la naturalidad de hablar con desconocidos sin la mediación de una pantalla. “¿Lo cambias?” sigue siendo una de las frases más democráticas que existen: elimina edad, profesión y estatus social en cuestión de segundos.
En una época dominada por algoritmos que personalizan todo hasta aislarnos, el intercambio de estampitas obliga a algo casi revolucionario: mirar al otro, negociar, reír, coincidir físicamente. No hay botón de silenciar, no hay filtro, no hay avatar. Solo personas buscando completar algo juntas. Eso, en tiempos donde la interacción humana directa se vuelve cada vez más rara, adquiere un valor difícil de medir en pesos.
Quizá por eso el álbum sobrevive incluso cuando no debería. Porque representa una economía paralela basada en la nostalgia, donde el rendimiento no se mide en ahorro sino en conversación. México podrá llegar al Mundial con pendientes estructurales enormes, desigualdades persistentes y desafíos económicos evidentes, pero también llegará con plazas llenas de gente intercambiando estampas como si el tiempo no hubiera pasado.
Tal vez llenar el álbum sea caro. Probablemente demasiado caro. Pero durante unos meses convierte a desconocidos en cómplices y a las ciudades en espacios de encuentro espontáneo. Y en un mundo que cada vez interactúa menos cara a cara, ese pequeño lujo colectivo (absurdamente costoso e inexplicablemente necesario) termina valiendo algo más difícil de conseguir que cualquier estampita brillante: contacto humano real.
