LaguNotas Mentales: Pésimos padres

Por Daniel Tristán/Kriptón.mx
Hubo un tiempo en que la infancia aprendió, sin saberlo, a amar a una máquina. Cabía en la palma de la mano, pitaba como un pájaro asmático y moría si no le prestabas atención. Lo llamamos Tamagotchi. Un juguete, decíamos. Una moda. Un capricho noventero. Pero era otra cosa: era el primer entrenamiento masivo de apego digital. La primera criatura que exigía amor desde una pantalla. La primera alarma emocional programada para sonar cada pocas horas. Y ahora, treinta años después, los niños que lo cuidaron son padres. Y los hijos reales están perdiendo por goleada.
Basta sentarse en cualquier parque, restaurante o sala de espera para asistir al espectáculo más triste de esta época: adultos con hijos a su cargo mirando compulsivamente un rectángulo luminoso mientras la vida ocurre a un metro de distancia. Niños que hablan solos. Que jalan una manga. Que repiten “papá” como si fuera una palabra en extinción. Y un padre que no levanta la vista, que no registra, que no ve. Porque hay algo más urgente sucediendo en la pantalla. Un mensaje, una notificación.
Aquí no estamos hablando de distracción ocasional. Estamos hablando de abandono. Del más elegante, del más silencioso, del que no deja moretones pero deja vacíos. Abandono con Wi-Fi y en alta definición. Algunos podrán decir que exagero, que es el ritmo moderno, que todos revisan el celular, que no pasa nada. Pero pasa. Pasa que el vínculo visual se está extinguiendo. Pasa que el contacto de ojos, ese primer idioma entre padres e hijos, está siendo reemplazado por pantallas retroiluminadas. Pasa que ya no miramos a quien nos necesita, sino a quien nos escribe. Y lo más grave: pasa que cuando un niño reclama atención, no recibe una mirada, recibe silencio.
Aquí ocurre una escena ya normalizada y profundamente perversa: el niño inquieta, molesta, existe. El adulto suspira, busca en la bolsa y le entrega un dispositivo. “Ten, entretente.” Traducción brutal: “No me interrumpas mientras te estoy ignorando.” Entonces el niño aprende dos cosas fundamentales para su futuro emocional: primera, que no merece atención humana; segunda, que la calma viene de una pantalla. No estamos criando hijos: estamos criando usuarios.
El problema no es la tecnología. El problema es la sumisión. Esa obediencia automática al teléfono que nos gobierna. Padres presentes físicamente, ausentes mentalmente. Padres que alimentan con una mano y deslizan con la otra. Padres que oyen sin escuchar, miran sin ver, responden sin entender.
Aquí entra el fantasma del Tamagotchi, discreto pero culpable.
Aquellos niños aprendieron que cuidar es responder a un pitido. Que el amor es interacción constante con una máquina. Que la culpa aparece si no miras la pantalla a tiempo. Que una criatura digital puede morir si la ignoras. Y el cerebro infantil archivó la lección sin saberlo: la atención es un deber permanente hacia un dispositivo.
Hoy ese mismo cerebro adulto responde igual, pero con consecuencias reales. Ya no muere un muñeco virtual. Se marchita un vínculo humano.
El Tamagotchi era un ensayo general. Un simulador de dependencia emocional. El primer objeto que te enseñó a vivir interrumpido. A fragmentar la atención. A sentir culpa por no mirar una pantalla. Era pequeño, simpático, inofensivo. Y profundamente profético.
Porque ahora el ciclo se cerró con una crueldad casi literaria: los hijos reales están siendo ignorados por padres que alguna vez lloraron por un juguete electrónico. Nunca en la historia habíamos tenido padres tan conectados y niños tan solos. Nunca habíamos tenido tanta información disponible y tan poca presencia emocional. Nunca había sido tan fácil comunicarse y tan difícil mirarse a los ojos.
El contacto visual no es un gesto romántico. Es una herramienta neurológica. Es la base de la seguridad, del apego, del lenguaje emocional. Un niño que no es mirado aprende que no existe del todo. Un niño que no encuentra ojos aprende a buscar pantallas. Un niño que no es visto termina creyendo que debe volverse invisible… o digital.
Y luego nos preguntaremos, dentro de quince años, por qué no saben concentrarse, por qué viven ansiosos, por qué necesitan estímulos constantes, por qué no toleran el silencio, por qué no saben mirarnos a la cara. Y fingiremos sorpresa. Como si no los hubiéramos entrenado nosotros mismos.
El Tamagotchi al menos tenía una ventaja: si no lo atendías, moría rápido. Hoy, lo que muere es lento. Invisible. Profundo. Muere el vínculo, muere la presencia. Y cuando levantemos la vista (si algún día la levantamos) quizá ya no quede nadie esperando nuestra mirada.
