A través del espejo. Porque lo digo yo: Sobre la cultura en tiempos de pandemia

Por Joserra Ortiz/Kriptón.mx

La pandemia causada por el Covid no ha terminado; de hecho, estamos a poco tiempo de cumplir dos años en esta vorágine de virus, mutaciones y vacunas. Sin embargo, me atrevo a decir que definitivamente ya vivimos en un mundo pospandémico: primero lentamente, pero ahora de forma acelerada, volvemos a las calles, a las reuniones, a los lugares cerrados y a toda aquella sociabilidad que habíamos pausado. Este mundo posterior al que existía antes de encierros, mascarillas, trabajo remoto y poca interacción social, se parece mucho al que vivíamos antes, pero definitivamente es distinto: la paranoia, el caos, las secuelas, los contagios y la incertidumbre siguen aquí, con nosotros y nadie sabe a ciencia cierta cuándo terminará. Algo que sí es seguro es que, lo que en un principio iba a llamarse la “nueva normalidad” lucha contra la insistencia de vivir la normalidad anterior a marzo de 2020. En el intríngulis entre lo que iba a ser y la insistencia en volver hacia donde ya no hay retorno, es que se debaten todos los quehaceres de la actividad humana, entre ellos la producción cultural, artística y literaria. En México estamos más o menos acostumbrados a ver la cultura como un quehacer público y sus mecanismos de difusión obedecen a estructuras establecidas, inamovibles e institucionales: museos, encuentros, congresos, ferias y demás lugares y eventos públicos que fueron pensados, en su momento, como puntos de reunión, encuentro y crítica. Sin embargo, como vimos durante los años 2020 y 2021, esas estructuras no podían funcionar en una prolongada cuarentena que ya cuenta más de 600 días. La solución, para nada amigable, fue la migración de los formatos presenciales establecidos al mundo digital, sin ninguna otra intención que seguir haciendo por el afán de hacer. Quiero decir, que habiendo tenido la oportunidad de repensar cómo y de qué maneras se construyen el arte y la cultura en la sociedad digital del siglo XXI, se optó por simplemente cambiar las salas de los museos y los salones de conferencias, en reuniones virtuales sostenidas en diversas plataformas que nunca fueron pensadas para ello. En el caso de la literatura, por ejemplo, pocas ferias fueron canceladas o pausadas hasta que hubiera ocasión de volver a hacerlas presenciales. Bajo la idea de que el internet nos acerca, llevaron a cabo sus eventos por medio de Zoom o de Facebook, por mencionar las dos plataformas más populares para la transmisión de videos en vivo. Pero ese acercamiento nunca se aprovechó para cuestionar las jerarquías verticales con las que hemos aprendido a convivir la cultura. Las y los creadores, nunca dejaron de ser los proveedores de la única y última palabra, mientras que los internautas no dejaron de ser meros espectadores, e incluso menos: con la cámara apagada y el micrófono silenciado, la figura del autor o de la autora se creció aún más, al sobresalir de entre el resto a través de las pantallas de computadoras y teléfonos. Nunca fuimos tan meramente espectadores como lo hemos sido durante esta revolución en nuestro consumo de cultura. Lo peor, sin embargo, no es habernos convertido en una especie de televidentes del actuar cultural. Creo más bien que, ante la facilidad de llegar a todo sitio en vivo y en directo, tanto los recintos públicos como privados, nos ahogan ahora con una sobreexplotación del quehacer cultural. Vivimos en un momento donde sobra y no falta. La oferta de talleres, cursos, clubs de lectura, ferias y jornadas del libro es apabullante, y cada vez hay más y así seguirá siendo. Esto lo lamento, porque donde hay mucho ruido, como dice el dicho, hay pocas nueces, o, como dice otro refrán popular, quien mucho abarca, poco aprieta. No veo ningún beneficio en la sobrada oferta que se nos da ahora, sino solo la expansión del vacío que hay entre creadores y creadoras y el público en general. De entre todas las cosas que nos ha quitado la pandemia, en definitiva, la que más me entristece es la poca imaginación con la que los actores culturales afrontamos lo que era una gran oportunidad para cambiar las formas y los modos en los que participamos del arte, la literatura y la cultura: se anuló el diálogo y se favoreció el espectáculo.

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