A través del espejo. Bibliodiversidad: Diversifiquemos nuestro consumo literario

Por Joserra Ortiz/Kriptón.mx

Vivimos una época en la que el consumo de cultura se realiza, mayoritariamente, a través de los canales y modelos normales del libre mercado y los aparatos que éste construye. Más allá de los espacios públicos, como los museos o las bibliotecas, cada vez nos acostumbramos más a adquirir nuestras dosis de cultura y esparcimiento en establecimientos de cadenas comerciales, eventos masivos promovidos por marcas de bienes de consumo (cervezas, bebidas energizantes, casas de apuestas, etc.), o espectáculos ofrecidos por monopolios que tratan al bien cultural como a cualquier producto de mero uso. En el caso de la literatura, que es del que estoy más al pendiente, en lo que va del siglo hemos visto crecer el sector de las librerías de cadena nacional, que, así como las cadenas de comida rápida, funcionan en el mercado a partir de una oferta sencilla y catalogada de una variedad escasa de productos muy similares entre sí y enfocada a lo que pueden ser las grandes ventas a través del aparato publicitario—que, en el caso de los libros, son las obligadas entrevistas, ferias, encuentros, lecturas y presentaciones. No me opongo ni me resisto al fenómeno del best-seller, ya que éste siempre ha existido desde que Gutenberg inventó la imprenta de tipos de móviles, y sobre todo porque los libros superventas, en el caso de la ficción, suelen ser muy divertidos y aptos para el entretenimiento; son como las llamadas “películas palomeras” que todos disfrutamos, y no olvidemos que de vez en vez en el océano de la cultura de masas aparecen garbanzos de a libra, desde Cervantes hasta Stephen King, desde Sor Juana hasta Margaret Atwood. No recomiendo que seamos pretenciosos esnobs para discriminar lo que petulantemente llamamos “baja cultura”, y sólo consumir aquello que catalogamos de “alta cultura”, como el cine de autor, la literatura laureada por la crítica, o las artes plásticas para coleccionistas expertos—al respecto, considero que, entre otros, Umberto Eco ya lo ha dicho todo y bien. Sin embargo, si solo consumimos aquello que nos ofrecen fácilmente las mesas de novedades de las librerías corporativas, las salas de los multicinemas o los algoritmos preferenciales de las plataformas que utilizamos para escuchar música o ver audiovisuales, podemos perdernos de muchas grandes obras que pueden abrir nuestra mente a nuevas experiencias—aunque hayan sido producidas en el pasado—, y que indudablemente enriquecerán nuestro espíritu. A la par de las gigantescas corporaciones de la industria del libro, en donde cada vez se aglomeran más sellos en unos cuantos monstruos editoriales que buscan controlar todo el mercado, así como de las librerías que asemejan su comportamiento y crecimiento a los de las tiendas de conveniencia, existen en todos lados las pequeñas librerías, especializadas o no, las de libros usados o las de curiosidades bibliográficas, así como las que atienden sectores específicos, por ejemplo las especializadas en catálogos de alguna disciplina en particular. Igualmente, y cada vez con mayor éxito, tenemos a las editoriales independientes que ofertan publicaciones que no caben, sea por la razón que sea, en el mainstream: voces nuevas y refrescantes, diferentes, alternativas, no canónicas, no comerciales, arrojadas y experimentales. Esto es lo que desde hace unos treinta años se ha definido como bibliodiversidad; es decir, la innegable variedad y pluralidad de voces que conviven y se difunden en el campo de las producciones editoriales. No se trata de aceptar sencillamente la existencia de una gran cantidad de libros publicados, sino el reconocimiento y consumo de los libros que se hacen desde los márgenes; es decir, todo aquel producto editorial minorista y minoritario, incluyendo aquellos que con el paso del tiempo han quedado descatalogados. Ante la oferta cada vez más uniforme del mercado tradicional de los libros, es urgente que incorporemos en nuestra dieta literaria—y cultural, en general—aquello que no proviene de los grandes aparatos de producción masiva que obedecen a modas, tendencias y reputaciones construidas para acrecentar el consumo. ¿Recuerdan, por ejemplo, cuando estuvieron de moda las distopías con personajes adolescentes, hace unos tres lustros? ¿No han olvidado que apenas hace una década había una sobrepoblación de best-sellers de mitologías fantásticas, o de amores adolescentes imposibles por alguna rara condición o enfermedad incurable? En mi experiencia personal, hace dos décadas fundé y dirigí en todas sus ediciones un pequeño festival de literatura no-canónica que se llevaba a cabo en la Feria Internacional del Libro de Monterrey, Nuevo León, las “Jornadas de detectives y astronautas”. Sobre todo en sus primeros años, los autores y las autoras de géneros como el policiaco, la fantasía, el realismo sucio, la crónica y la ciencia ficción eran verdaderamente marginales y buscaban hasta el cansancio espacios para ofrecerse y ser consumidos. Con el transcurso de este siglo, sin embargo, todo este tipo de publicaciones fueron haciéndose de un gran público y han llegado a convertirse en parte fundamental del centro y el aparato editorial de nuestro país. Hoy en día las megaeditoriales producen y las librerías de franquicia venden una gran cantidad de títulos de estos géneros, algunos verdaderamente malos, aburridos, formulistas, en detrimento del enriquecimiento que podrían brindarles a sus clientes-lectores si la variedad fuera más equilibrada. Solo consumiendo desde la diversidad, en una dieta balanceada que incluya a autoras y autores que no provienen de la gigantesca maquinaria bibliotecnócrata, podemos acceder de manera equitativa al gran coro de voces que conforman los campos de la literatura y el mundo editorial. Todas y todos merecemos el acceso a la pluralidad, y, sin embargo, nos es negado por el mercado—y hasta por las instancias públicas—que aleja, ignora, invisibiliza, y, de cierta manera, censura toda aquella producción que no sea masificada y no se venda a montones. Démonos la oportunidad de la diversidad, busquemos viejos tesoros en librerías de usados, descubramos voces y discursos en quienes se autopublican, volvamos a los pequeños libreros y libreras que saben bien su oficio, recomendémonos entre lectores las joyas secretas, y, sobre todo, conozcamos el amplio crisol estético y de disonancia intelectual que solo pueden permitirse las editoriales independientes—aquí en San Luis Potosí tenemos, entre varias, dos muy buenas e interesantes: El diván negro y Crisálida. En definitiva, recomiendo como norma para el lector y la lectora del siglo XXI que andemos por las veredas de la bibliodiversidad, que nos arrimemos a la literatura que no nos acerca la publicidad y la urgencia de la venta masiva, que nos atrevamos a nadar hacia los márgenes del mercado, para no perdernos en el remolino de la cultura masificada y explotada por las leyes del mercado de la moda, y así consigamos una formación y un entretenimiento más plural, coral, multiforme y más extenso.

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