San Luis Potosí SLP México, enero 18, 2018

LaguNotas Mentales: Turbo-chelas para todos en mi isla del amor

Por Daniel Tristán/Kriptón.mx
Estoy escribiendo desde algún rincón de un bizarro espacio en el que todo son risotadas, brindis, buena onda y diversión.  Como si se tratara de un lugar físico, una pedazo de tierras tropicales con ubicación geográfica localizable por coordenadas a la que llamaré “La Isla del Limbo Generacional”.
En mi isla no hay gobernantes pues todos entendemos que hasta para cagarla hay que ser inteligentes y nos cuidamos los unos a los otros. Todos somos iguales y si alguien se cae el otro o lo levanta o se tira al suelo también. En mi isla no hay religión porque aquí Dios no se anda con mamadas. No nos hizo a imagen y semejanza, nos hizo iguales a él y, de esta manera no tiene ningún empacho en sentarse a la mesa con nosotros y comer del mismo plato o tomarse un shot de tequila a la una, a las dos, a las tres. Aquí en mi isla el tiempo no pasa y si pasa es porque hoy es sábado en la noche y mañana lo será también.
Para llegar a este sitio tuve que tomar algunas decisiones en mi vida, por ejemplo jamás tener un trabajo godín. Me he ganado la vida tocando la batería y escribiendo, aunque usted no lo crea. Tengo la libertad de usar gorra skater, tenis y lentes oscuros, beber cervezas en mis horas laborales y no sentirme mal al respecto. Diría que es el paraíso pero en el paraíso tarde o temprano nos correrían y aquí no ¡No señor, nada de eso! Mi isla es una especie de Neverland en la que encontramos la vida eterna, y a quien opine lo contrario lo reto a decirle viejo a Mick Jagger o a Ozzy Osbourne.
Aún así, dentro de todo lo bueno, he de aceptar que estoy en crisis pues tuve que abandonar mi isla para enfrentar días de tormenta y amargura en lo que atinadamente llamaré “República del Mundo Real”. En esas tierras pantanosas el aire es pesado y la gente trae siempre cara de funeral. En estas tierras los días pasan y hay momentos en los que nada parece encajar. En esos días particularmente  sentí que no pertenezco ni a los de aquí ni a los de allá. No me atrevo a salir a un antro pues esos lugares están infestados de dos especies. La primera: los coloquialmente llamados “escuincles nalgas meadas” de entre 18 y 22 años con los que, evidentemente no tengo nada de qué hablar. La segunda: los “viejos raboverde” de entre 40 y 50 años, mismos que hacen mil gracias y piruetas con tal de llevarse a la cama a una de las de 20.
Me vi obligado a ir a una reunión de ex compañeros de la prepa y tuve que quedarme callado mientras todos hablaban de los problemas con sus esposas y luego sacaron el celular para enseñar un montón de fotos de sus bendiciones. Su primera vez en la bañera, la primera vez que le cambiaron el pañal, el primer día de kinder. Y qué vergüenza, yo con el celular lleno de fotos de puros gatos, ni hablar.
Y al escuchar la radio tuve que chutarme todas las canciones de amor, que si se escuchan detenidamente más bien tendrían que llamarse canciones de codependencia y miseria.  Canciones llenas de “Si ti no soy nada, sin ti me muero, sin ti no puedo seguir y prefiero ser tu amante”. Fui invitado a una boda también y las palabras del sacerdote se clavaron como una daga en mi garganta cuando vociferó “Juntos para SIEMPRE”. Pobre gente, juntos para siempre de los siempres. Pase lo que pase, así se odien, así se aburran, así se roben o se engañen juntos PARA SIEMPRE.
Caí en cuenta de que no solo estoy en crisis, si no que cargo en mis hombros una espantosa cruda moral. Aquí en la “República del Mundo Real”  cumplió un año mi sobrina y le regalé un pizarrón mágico de las princesas Disney. Probablemente sea el culpable de que la pobre niña crezca y desperdicie su vida esperando al príncipe azul igual que la “Bella Durmiente” y todas las demás. Tal vez haya sembrado en ella la patológica semilla del amor, ese concepto retorcido y macabro, ese amor enfermo que nos han vendido como obligación y deber social.  Y eso si que no me lo perdonaría.
Aturdido y con las orejas agachadas como el perro arrepentido decido tomar mi canoa y emprender el regreso a mi isla. Allá donde la gente entiende que el amor no es para siempre, que el bienestar  de uno no depende de la otra persona y que el amor verdadero es precisamente el bienestar personal compartido con el bienestar personal de la otra persona. Remo sin detenerme a mi isla, allá donde no existe el mentiroso “Vivieron felices para siempre” y reina el “Vivieron felices mientras se quisieron y tuvieron los huevos de dejarse cuando ya no se amaban”. Doy un sorbo a mi coco preparado con ron mientras dejo que la corriente guíe mi canoa para volver a mi isla, allá donde la gente se pone verga y entiende que jamás tendrá que divorciarse si jamás deciden casarse. Y soy feliz pues en mi isla la vida si es vida.

Acerca de Daniel Tristán

Estudio licenciado en Ciencias de la Comunicación en la UASLP, también Creación Literaria en el CEART, además de estudiar música en la Academia Yamaha, de donde actualmente es profesor de bateria. Ha escrito en Librevía, Punto Muerto, Fusión Altarnativa y desde hace 5 años es integrante del grupo Shamanes, como responsable de la bateria.

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