San Luis Potosí SLP México, enero 17, 2018

LAGUnOTAS MENTALES: La generación Malcom y el fin de los tiempos

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Por Daniel Tristán/Kriptón.mx

Cuando Kurt Cobain jaló el gatillo aquél fatídico 5 de abril de 1994 no terminó solamente con su vida. Esa bala que salió percutida del cañón de su escopeta quemó la piel de su cabeza, fracturó su cráneo y detuvo su viaje incrustandose en su cerebro para terminar con su existencia y, de paso, llevarse entre las patas el sentido de pertenencia de toda una generación.

Esa bala no solamente mató a Cobain, mató al último hombre que entraba en la categoría de “estrella de rock”, acabó con el último suspiro del mainstream en el mundo de la música. Esa bala acabó con la vida del último gran mito de la cultura pop y, nos guste o no, a partir de ese momento ya nada volvió a ser igual.

Vengo de la última camada de la generación X. Somos hijos de los baby boomers y generacionalmente llamados a ser padres de uno de esos tan temidos millennials. Más que generación X prefiero llamarla la “Generación Malcom”, pues estamos en medio del old school y los ya mencionados millennials. Como miembro de tal generación me tocó ver morir muchas cosas al mismo tiempo que a Cobain y a la hoy extinta etiqueta de “estrella del rock”.

Fuimos la generación que nacimos a la par de las nuevas tecnologías y poco a poco aprendimos a usarlas. Cuando nacimos las escuelas ya contaban con computadoras pero tener una en casa era un verdadero lujo. Aprendimos a usar la tecnología en las aulas de clase, contrario a los millennials que prácticamente nacen ya con el iPad en la mano.

Somos el sándwich generacional pues nos tocó nacer al mismo tiempo que la música en CD y las películas en DVD pero también nos tocó escuchar casetes de nuestros padres y/o hermanos mayores, además de ver algunas de sus películas en VHS. Somos la generación de la paciencia pues nuestro primer acercamiento con la pornografía fue cuando había que esperar varios minutos para que una página se cargara totalmente. Si usted mi querido lector cuenta con un hijo o sobrino millennial haga la prueba de hacerlo esperar por lo que desea más de un minuto y ya me contará cómo le va. El rápido acceso que tienen a prácticamente todo los ha hecho así. Nosotros sabemos esperar.

(Ya en esto de experimentar con millennials hago aquí un breve paréntesis. Vaya a su cajón de cosas olvidadas, saque un diskette de 3 1/2 o un rollo fotográfico y pregúntele a uno de esos temibles millennials para qué cree que sirva, luego cáguese de risa por horas al escuchar la cantidad de barbaridades que son capaces de decir).

Somos la primera generación que nacimos leyendo información de una pantalla pero nos educamos con papel y aún hoy en día disfrutamos del ritual de comprar un libro impreso y embriagarnos hasta la madre con el hermoso olor que desprenden. Somos aquellos que ya nacimos conectados pero aún así nos dábamos el gusto de desenchufarnos de vez en cuando para salir a jugar en la calle y ver a la novia en lugar de textearla 24/7. Orgullosamente aprendimos de nuestros honorables ancestros el viejo truco de verle los calzones a las niñas con un espejo en el zapato pero pronto se nos dió la maña de grabarlas con el celular.

Nos tocó esperar un día entero para poder sentarnos frente a la televisión para poder ver un capítulo de nuestra serie favorita. Hoy los millennials tienen a su alcance cualquier tipo de contenido las 24 horas del día con tan solo con apretar un botón. Y aveces ya ni eso, pues tienen el descaro de ordenarse a sus dispositivos lo que les venga en gana con la pura voz.

Y así, como miembro de la bienaventurada Generación Malcom, no puedo evitar sentir nostalgia al ver como mi entorno comienza a rodearse de cadáveres igualitos al de Cobain. Ya me tocó ver el cadáver de los Blockbuster y de los cafés Internet. Hace un par de días vi como sacaban el mobiliario y prácticamente regalaban las películas del Videogalaxy de Santos Degollado, el último que entre patadas de ahogado seguía en activo. A los Hitbox los veo en terapia intensiva, esperando que la muerte llegue y haga lo propio. También a mi generación le tocó decirle adiós a las maquinitas de Galáctica y Circus Circus pues ahora cualquiera tiene acceso a toda clase de videojuegos con un solo click y en la comodidad de la casa.

Nos guste o no nos tocó ser el eslabón que conectó a la vieja escuela con los insolentes y siempre carrereados millennials. Y aunque nos duela estamos condenados a ver cómo todo lo que conocíamos se va extinguiendo. Con el mismo dolor con el que vimos el cadáver de Cobain en el piso de su cabaña también veremos un montón de muertos más que se van vana pudrir en nuestras narices y nos harán repetir hasta el cansancio: “Las cosas ya no son como antes”.

Acerca de Daniel Tristán

Estudio licenciado en Ciencias de la Comunicación en la UASLP, también Creación Literaria en el CEART, además de estudiar música en la Academia Yamaha, de donde actualmente es profesor de bateria. Ha escrito en Librevía, Punto Muerto, Fusión Altarnativa y desde hace 5 años es integrante del grupo Shamanes, como responsable de la bateria.

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